Con el rico aroma del café de La Morocha Cafetería, nos sentamos a conversar con Petú Argañaraz en un encuentro que fue mucho más que una entrevista: fue una charla sincera, inspiradora, cargada de historia, compromiso y espíritu emprendedor.

Petú no necesita presentación para quienes caminan las calles de Formosa y sienten la política desde el corazón. Su nombre suena con fuerza en los medios, pero también en los barrios, en las aulas, en las esquinas donde se construye comunidad. Nos aceptó una entrevista en plena campaña, con una sonrisa firme y la mirada de quien conoce el territorio porque lo camina hace más de dos décadas.
“Me crié en la calle Padre Patiño, entre Paraguay y Ayacucho. Barrio San Martín, la casa de mi abuela materna”, me cuenta con orgullo.

Esa raíz barrial no solo la marcó, sino que fue el punto de partida de una vida ligada a la educación, la comunicación y la militancia. Se formó en Córdoba, en la Escuela de Ciencias de la Información, y vivió de cerca la crisis del 2001. Desde allí, decidió volver a Formosa en 2003 junto a su familia, en un momento bisagra para la provincia.
“Cuando vos viviste el antes, viviste el durante, fuiste protagonista de ese proceso, entonces la contás como protagonista”, dice, mientras sostiene el pocillo de café con fuerza.
“Sos parte de esa historia porque la viviste, la peleaste, supiste lo que era un antes y un después”, agrega con firmeza.


Fue en ese tiempo cuando se reencontró con la política desde otro lugar.
— “Nos encontró trabajando, proponiendo cosas, nos encontró en esa transformación, en ese enamoramiento que tuvimos del modelo formoseño del justicialismo y de la justicia social”, recuerda.

Un proceso que la marcó para siempre, desde su rol como comunicadora hasta el de militante barrial.
Hablamos de medios, de territorio, de la decisión de regresar a Formosa no solo por amor a la provincia, sino para devolverle lo que habían construido como profesionales.
Volvimos para darle a nuestra tierra lo que teníamos como profesionales”, afirma.

La docencia, la comunicación, la gestión pública, y sobre todo, el contacto humano, fueron hilos que tejieron su trayectoria.
“Yo siempre apunté a las mujeres, a las emprendedoras, a las jóvenes”, destaca. Y no lo dice desde el eslogan, sino desde la experiencia concreta.

Fundó la agrupación Compromiso Formoseño en 2013 y la fundación Formosa Crece en 2019. Desde ahí articula actividades culturales, talleres de oficio, capacitaciones y espacios de contención en situaciones de violencia.
“La pandemia fue un golpe duro, pero igual salimos al territorio. Acompañamos, vacunamos, asistimos. Y lo hicimos con amor y responsabilidad”, remarca.

Como periodista, no puedo evitar preguntar por el contexto actual del país. La respuesta es inmediata:
“Estamos en un contexto nacional adverso, antiderechos, antipolítica. Se habla de libertad, pero nos quieren callar. Acá en Formosa hacemos trincheras, porque la estructura que tenemos nos permite resistir con planificación y con justicia social”.

Café mediante, la charla se vuelve aún más profunda. Petú habla con convicción sobre el modelo de gestión local.
“Formosa tiene un modelo que no improvisa. Es un Estado presente que llega hasta el galpón G con un centro de salud, que fabrica su propio repelente, que sostiene las escuelas, las viviendas, la obra pública”, enumera con orgullo.


La paralización de la obra pública nacional fue otro tema inevitable.
“Acá se pararon 53 obras y 7000 albañiles se quedaron sin trabajo. Pero el gobernador salió a decir que la provincia iba a seguir con fondos propios. Y cumplió. Más de 15 obras se reactivaron, se entregaron viviendas, escuelas, hospitales. Eso es igualdad de oportunidades”.

La conversación toma un tono más íntimo cuando le consulto por lo que la moviliza en lo personal. No duda en responder:
El abrazo del vecino, la mirada del niño en la escuela, el mate compartido en un barrio... eso no se reemplaza con nada. La política se hace ahí, no en Twitter”.

Y hablando de redes sociales, fue tajante:
“La comunicación es poder. Hoy las redes están mal utilizadas, sirven para agredir, para mentir. Falta legislación, falta responsabilidad. Porque cuando la comunicación se convierte en odio, peligra la democracia”.



Antes de cerrar, le pido una definición de lo que significa para ella el modelo formoseño. 
“Es una provincia desendeudada, con la gente adentro. Con planificación, con justicia social, con identidad. Con inclusión real para nuestros pueblos originarios, con educación pública, salud pública, ciencia, tecnología. No es un relato. Es real, se vive todos los días”.

Y agrega con una sonrisa firme:
“Le pedimos a la gente que nos acompañe. Porque sabemos lo que falta, pero también sabemos lo que se hizo. Y lo que se está haciendo. Este modelo tiene que seguir. No es por nosotros, es por nuestros hijos”.

La luz que se había cortado al inicio de la charla volvió justo al final. Como una metáfora. Pero como ella misma dijo:
— “Yo necesito luz, pero la verdadera luz está en el territorio”.


Y yo, como periodista, me fui con la certeza de haber escuchado algo que no suele encontrarse en los discursos: convicción con raíces, y política con alma. Esa que no se improvisa, ni se tuitea. Se milita, se camina y se construye, como tantas veces se hace en silencio, con compromiso real y con amor por la tierra.

Poder compartir este café con Petú fue, sin dudas, un privilegio. No todos los días una funcionaria en plena campaña se toma el tiempo de abrir su corazón, de hablar con honestidad sobre su vida, su infancia, su militancia, su vocación y su mirada del presente. Me encantó esta charla. Me dejó reflexionando sobre lo importante que es conocer a nuestros representantes más allá del cargo que ocupan, verlos desde otra perspectiva, más humana, más cotidiana.

Porque antes que funcionarios, son personas, con historias, con luchas, con emociones. Y si hay algo que nunca debemos perder como comunicadores es la empatía: esa capacidad de mirar al otro con respeto, con curiosidad genuina, con sensibilidad.


Entrevistar a Petú Argañaraz me permitió eso: salir del rol técnico y conectar desde el diálogo sincero. Porque la política con alma no está en los títulos ni en los afiches. Está en estos momentos. Y, como el buen café, deja un sabor que perdura.